El celular murió en Belén, pero no importa tanto: estoy de vuelta a los brazos industriales de Tel Aviv, la razón de ser de todo lo demás, el cálido hogar con toda la paz de lo conocido, la pinta, el mismo perro de la vez pasada, el bus 17, la puerta que se abre cuando yo digo. El hogar. Querido por ser el hogar. Corrupto y querido. La fuente de la corrupción, lo absurdo, lo sumiso de este país, con sus detectores de metales, sus fusiles de asalto entre las masas.
Para llegar acá: salir caminando de Belén (Palestina), tomar bus a Jerusalem, otro bus a Tel Aviv. Lograr llegar a mi querida cantina sin necesitar un sólo taxi es un pequeño logro que supera el impacto mental de los contrastes a los que me someto para poder documentarlos.
El privilegio de estar aquí pasa por un soldado desquiciado que mira un pasaporte panameño por primera vez en su vida en la puerta del espantoso muro alrededor de Belén con su orwelliano letrero del Ministerio de Turismo.
Si pudiera ponerme una cabeza de niño pequeño podría volver a preguntarme algunas cosas básicas. Por ejemplo: el servicio en la oficina de George en Belén huele igual que el de la cantina (aunque está más limpio). La gente de Belén es súper parecida a la de Tel Aviv, de hecho son igualitos, más igualitos todavía a los de Jerusalem por los lados de la puerta de Damasco, que si uno la camina hasta la intersección llega a un falafel con papas a 6 shekels que lleva los mismos ingredientes que los falafel de la calle de la cantina.
Y la mente de niño diría, ¿cuál es el lío entonces? ¿por qué el soldado desquiciado con su risa salvaje de loco, su proveedor lleno de balas, su chaleco de kevlar?
¿Por qué el muro? Los cerros de Belén son iguales, las rocas también. La cabeza de niño diría que la razón de todo esto es bien simple.
En cambio, la cabeza que iba conmigo en el bus hacia Tel Aviv iba leyendo a Edward Said, tuvo que formar fila para entrar a la ciudad (hay que salir del bus, formar fila para pasar por el detector de metales, para entrar a la estación, para salir de la estación, para llegar a la cantina), se sentó aquí a escribir, y dice, como dice todo el mundo por acá, "es complicado".
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