En la tarde el mercado estaba a pleno, con los pistachos, los vegetales, las salchichas de cerdo, las baratijas. Sendos guardias de seguridad empistolados en las entradas, piso limoso, griterío, un mercado como son los mercados. Gal, una amiga tel avivi, me pregunta si vamos a la playa popular o a la playa bonita y nos vamos a la popular. Son las cinco y media de la tarde, el sol está todavía alto en el cielo a esta hora por acá.
El calor es todo un tema de la vida, está hasta en los periódicos, y la clave es el agua constantemente, y Gal trae sábana para la arena y la botella de agua, y yo el medio kilo de pistachos.
La playa está llena, niños y adultos corretean y nadan. Ustedes son unos privilegiados, comento, con una playa limpia aquí mismo. A la gente le sorprende cuando uno dice algo así, porque si bien en esta ciudad se vive una burbuja desconectada y metida en sí misma, ellos creen que este es el lugar más triste del mundo. Siempre me preguntan que por qué estoy aquí, como diciendo a quién se le ocurre venir acá.
martes, 31 de julio de 2007
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