
Había soldados armados con lanzagranadas y M-16, y policías en uniforme y de civil, además de activistas palestinos y anarquistas israelíes, pero nadie pudo parar la ocupación ilegal de varios edificios, aún sin terminar, en el asentamiento judío de Modi'in Ilit en Cisjordania.
Uno lee sobre los colonos judíos en tierras palestinas y a lo mejor uno piensa en unas tiendas de campaña donde viven estos fanáticos dispuestos a todo por las tierras prometidas en la biblia. Uno lee también sobre la "ocupación" israelí y piensa en soldados en cada pueblo y camino.
Pero la realidad es, para variar, más compleja. Tras atravesar el invisible límite entre Israel propiamente dicho y los territorios palestinos ocupados por este lado de Cisjordania, pasamos la garita del asentamiento de Modi'in Ilit y lo primero que aparece es un mall gigante, como si acabáramos de entrar a un suburbio gringo cualquiera. Modi'in Ilit (también conocido como Kiryat Sefer) es un pueblo entero, donde viven unas 5000 personas, justo al lado de un pueblo palestino, Bil'in, de 1800 habitantes. Está completamente urbanizado, lleno de edificios de 5 ó 6 pisos, las carreteras son asfaltadas y gente vestida con la camisa blanca, el pantalón negro y el kipá de los judíos ultra-ortodoxos camina de un lado a otro dedicándose a sus quehaceres. Son estos civiles, más que los soldados, los ocupadores de las tierras robadas a los palestinos. Los instrumentos del fanatismo religioso, la derecha israelí y la industria de bienes raíces para la expansión en busca del ideal del Eretz Yisrael o Gran Israel.
Una compañía había empezado a construir 12 edificios de apartamentos en un barrio nuevo, usurpado con papeleos brujos al mejor estilo de Bocas del Toro, protegido por el nuevo muro de separación israelí y por carros blindados del ejército. Entonces las cortes israelíes declararon que la tierra del nuevo barrio había sido obtenida ilegalmente y que se debería detener la construcción. Pero en los territorios ocupados no mandan las cortes, manda el ejército israelí, que igual que en sus mejores tiempos en Latinoamérica hace básicamente lo que le da la gana.
La compañía constructora, por un motivo u otro, se declaró en quiebra y anoche los futuros residentes del nuevo barrio se enteraron. Ellos son judíos de la rama ultra-ortodoxa, o súper religiosos, en su mayoría pobres y que se mudan aquí no tanto por un deseo de sacar a los palestinos de s
u tierra sino porque es más barato que en cualquier lado de Israel, donde el mercado de bienes raíces vive una ola de altos precios que dejan a la población pobre del país con muchas dificultades para conseguir casa. Ellos ya empezaron a pagar los apartamentos, que se están vendiendo por unos US$100.000, parcialmente subsidiados por el gobierno de Israel.Caminando hacia el nuevo barrio pasan varios carros cargados de muebles, alfombras y electrodomésticos, uno detrás del otro. Desde las casas se escucha venir el eco de las voces en un apartamento vacío recién ocupado. Resulta que cuando los futuros residentes supieron de la quiebra de la compañía, se pusieron de acuerdo para venir a mudarse a los apartamentos sin terminar, no fuera a ser que no los dejaran entrar, y estaban aquí por cientos, cargando chécheres en toda clase de carros, y vigilados por el ejército y la policía.
Entre los colonos judíos había tres palestinos con cara de confusión. Eran del comité comunal de Bil'in, el pueblo palestino de al lado que perdió sus tierras de cultivo de árboles de aceituna y trigo para que se construyeran los edificios. Dos miembros del grupo de activistas israelíes se unieron a ellos y los otros dos empezaron a tomar fotos y videos de la algarabía que se estaba formando.
Los colonos, algunos de ellos ataviados con largos abrigos negros y chalecos bajo el calcinante sol desértico del mediodía, empezaron a vociferar y a apagar la voz de uno de los palestinos, que se dirigía ahora a la prensa, resguardado por los activistas israelíes. Otro palestino, con un suéter rojo del Che Guevara, andaba mostrando su sonrisa bocacha y bromeando con los niños judíos. Entre la multitud, carros blindados del ejército y varios soldados muy serios, con sus cascos, chalecos antibala y fusiles de asalto. La situación se puso bastante tensa y hubo empujones, pero no pasó a más.
"No estamos en contra de la gente que ha venido a vivir aquí", comentó Abdullah, un palestino de Bil'in callado y de unos 40 años. "Pero esta es nuestra tierra y la necesitamos para sobrevivir. La gente en el pueblo no tiene trabajo", comentaba. En ese momento alguien fue a tirar un cubo y unos cepillos viejos al basurero donde estábamos conversando y Abdullah y el palestino del Che parecían muy interesados en reciclar la basura del colono. Pero siguió hablando, "queremos vivir junto a los judíos, pero este barrio nuevo y el muro lo van a tener que derrumbar, y tendrán que irse a vivir a Tel Aviv o no sé a dónde".
Si bien los colonos parecen gente sencilla, que simplemente necesita una casa donde vivir con su familia, al final no les importa para nada a quién han tenido que largar para llegar ellos aquí. Boris, un colono judío que estudia biología en la universidad, no estaba muy contento con los activistas israelíes que habían venido a apoyar a los palestinos. "Esta gente tiene la cabeza en las nubes, no entiendo por qué vienen a defender al enemigo. Al final los árabes son todos iguales". ¿A qué te refieres, Boris? "Mira, si tienes un burro y quieres montarlo, no lo puedes tratar bien, tienes que ponerle mano dura. ¿Ves lo que digo?"
Y los colonos ganaron. Así es la ocupación israelí de Palestina: casa por casa, hectárea por hectárea, barrio por barrio, y basada en un racismo abierto. Los apartamentos todavía no tenían agua, pero un camión cargado de baños portátiles llegó a repartirlos entre los edificios. Los niños andaban por todos lados, burlándose de los árabes y mirándome raro. El ejército, la policía y un pistolero del asentamiento nos alejaron de la multitud, mientras cuidaban a los colonos que cargaban colchones y sillas a sus nuevos apartamentos.
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