"Índice derecho" fue como comenzó mi mañana de hoy. El tipo de migración en el aeropuerto de Atlanta miraba su monitor frunciendo el ceño y me hizo levantar el dedo y volverlo a poner tres veces. Entonces llamó a un policía, pusieron mi pasaporte en una carpeta anaranjada y me llevaron al cuartito.
Había una salita de espera con diversos tipos de personas en diversos estados de nerviosismo, un mostrador con tongos sentados detrás y varias webcams como las que hay en las ventanillas de migración. Nunca supe la razón por la que mis trámites migratorios para entrar a Estados Unidos se graduaron al cuartito, pero cuando una funcionaria tomó la carpeta anaranjada y miró mi pasaporte, llamó por teléfono y dijo tenemos un b-10.
Yo me senté con el periódico a esperar y a escuchar a otra gente siendo interrogada en el cuartito. Y pensaba, ¿qué será un b-10? ¿Me sentarán en otro cuartito y conectarán electrodos a mis dedos? Pero al final no fue la gran cosa, me preguntaron el color de mi pelo y mi peso, de qué trabajo y a ver dónde está su boleto de regreso a su país. Y me dejaron ir, bienvenido al imperio.
Después de esa experiencia cancelé mi plan de pasar las 12 horas de espera entre vuelos acampando en un rincón del aeropuerto. Viva la vida, vamos a la ciudad.
Ahora estoy en el parque Woodruff, Atlanta, haciendo tiempo junto al batallón de ociosos del pueblo, que como yo llevan toda la mañana ocupadísimos en hacer nada. Cuando entré al centro de la ciudad temprano en la mañana, aparte de los ociosos frente a la estación de metro y en la esquina del parque, la ciudad tenía la atmósfera esa chernobilesca a la que sólo le faltaban las bolas de paja. No había nadie, no pasaba nada.
Sentados aquí a mi alrededor en el parque, la caterba de ociosos, todos negros, jugando barajas, pregoneando o mirando al piso. Atlanta es una ciudad en decadencia a la que ni las olimpiadas le pudieron levantar la cara: la mitad de los niños de Atlanta son pobres, como si fuera en Latinoamérica.
Ahora está un poquito más animado. Pasan hordas de estudiantes de la universidad (a dos cuadras de aquí) de diversos tamaños y colores, caminan con ese andar del que sabe lo que le toca hacer. Son un desfile de audífonos, nalgas gigantes, mochilas llenas y cortes de pelo experimentales, en olas bidireccionales cada 60 minutos. Tengo ganas de ponerme horizontal y quedarme dormido. Supongo que da igual, que no importa, pero nadie lo está haciendo, todos están despiertos y la habladera de paja corre como el viento.
viernes, 31 de agosto de 2007
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